Manoliño

Para que tuviese emoción lo ajustaba a la escuadra. Ese ángulo devoró los dilemas de mi niñez. Si quería saber si a una niña del colegio le gustaba, apuntaba a la escuadra. Si tenía dudas sobre el aprobado de un examen, apuntaba a la escuadra. Y si quería saber si el Madrid ganaría o no, ponía el balón a siete metros de la pared y me concentraba para apuntar a la escuadra.

Los momentos cruciales de mi infancia se resolvían de la misma manera. Aún hoy, si tengo dudas, no repaso pros y contras: me voy a una porteria y me juego mi suerte pegándola de rosca. Al fin y al cabo, cuando hay una pelota de por medio hago más caso al corazón.

[De eso se quejan las mocitas madrileñas.]

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