La nave de Sufjan Stevens

Hasta los ocho años, Sufjan Stevens solo supo cómo manejar lápices de colores y aprendió a tocar instrumentos cuyo nombre no podía escribir. Cuando sus padres se separaron, su progenitor le pidió repetidas disculpas por haberle hecho aquello y le prometió que lo arreglaría. Stevens fue inscrito en una escuela tradicional, pero lejos de solucionarse el problema se agravó: después de hacerle unos test, que el niño rellenó dibujando en los márgenes, los responsables de la escuela decidieron que lo mejor para el chaval era ponerle en la clase de los multirrepetidores. En el aula de los gamberros y los cabrones, Stevens descubrió la cantidad de fechorías que se le pueden hacer a un niño simplemente porque no sabe leer. Sin embargo, el influjo de la escritura, la capacidad (por primera vez intuida) de que las palabras podían formar frases enteras y estas, a su vez, párrafos llenos de palabras, pesaron más que el acoso constante de esos pequeños hijos de Satanás.

El cantautor cuenta la primera vez que en un supermercado fue capaz de leer la composición de los productos, las inscripciones en las cajas, los nombres de las frutas. Un universo había bajado ante sus ojos el puente levadizo y le invitaba a entrar. Poco tiempo después, Stevens se encontraría leyendo su primer libro: La caída del imperio romano, de Edward Gibbons. Las primeras 3658 páginas de su vida. De una nueva vida.

Origen: La nave de Sufjan Stevens – Jot Down Cultural Magazine

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